Sólo te intuyo

Se puede escribir el infinito en tus párpados y una luna de hiel en tus lágrimas. Los besos azules, cielo, se desgastan, pero me llenan de alegrías las alergias de cada mañana.  Si esto es un juego, pierdo y gano a cada instante, y si esto es un robo, a nadie le importa que desaparezca. Tiro los dados, te robo los labios, te muerdo, me desmayo. Me retuerzo en tu piel sudada, y sudo en tus manos a cada tirada. El tiempo no pasa si las únicas manecillas del reloj en las que creo son tus manos, y mi piel son las horas, los minutos y los segundos.
Quiero resolver el enigma de tus ojos, y dejar sin hacer el crucigrama de tus abdominales; fabricar con mis manos la furia desatada de todos los mares. Ser fácilmente o no ser nada… Si es a tu lado, a mí me vale.

It doesn’t hurt me

Quiero retorcerme entre tus brazos
Volver a quererte a base de gemidos
Beber de tus latidos
Sudar en tus sentidos.
Quiero acariciar tu piel,
que ya es enteramente mía,
y que me regales media sonrisa
y esa mirada repleta de picardía.
Quiero poder creer que no hay final
al menos mientras me grites al oído
que quieres más  y más.
Sentir tus escalofríos
Recorriendo tus suspiros
Y más tarde, los míos.
Quiero poder creer en tus besos
Que es en lo único que tengo fe
Y rezar y rezar, quizá en exceso
Cada vez que me quieras querer.
Arañarte hasta en el alma
Hacer que sangres de tanto amar
Moler tus huesos a mordiscos
Que sé que te encantará.
Derretirte en placenteras utopías
Conseguir que me quieras así
Todos
 Y cada uno
De mis días.

No hay solución

Recórreme los huesos, que los tengo helados. Están rotos y maltrechos de estar tanto tiempo en mi escondite, ese que tengo justo detrás de las lágrimas, donde me guardo lo que nunca lloro y lo que nadie sabe. Porque nadie sabe nada, ni siquiera yo. En realidad no hay nada que saber, quizá eso sea lo que más me duele. Nada es especial, nada es único ni original.
Pero está todo tan lleno de vida, tan lleno de amor, repleto de cosas que no existen, invenciones que creamos para paliar nuestras ganas de vomitar muerte por las esquinas, que casi casi consigo que mis ojos brillen al mirar. El reflejo de las cosas que nunca fueron, la sombra de las cosas que serán; todo encadenado, aterciopelado, envuelto y nosotros maniatados. No hay nada que hacer ya. Nuestro destino está escrito, pero no hay nada escrito porque no hay un final. ¿Qué pretendo entender? Voy a seguir un ratito más escondida, que se está mucho mejor, ya que no tengo que actuar.

Y recórreme otra vez. Siente mi calor con tus manos. Desgasta mis labios con el roce de tu alma. Canaliza tu pasión mediante miradas desgarradoras. Acaricia mi dolor. Cúrame e intoxícame. Respira en mi boca, prueba mis ganas, destroza mis llantos y gánate cada una de mis palabras. Sé mi poesía. Mis ganas de vivir, mi suicidio diario. Mi elucubración más preciada. Mi juguete sin romper, mi aliento, mi nada.

Heaven

Where is my angel?
I need her now
Holding me
Eran las tres y media de la mañana y el mundo ya no tenía nada que ofrecerme. Con los ojos cerrados y deseando dormirme escuché sonidos de risas acalladas y tacones que provenían de la cocina. Demasiadas risas. Se suponía que una amiga vendría a dormir a mi casa este fin de semana, pero sonaba a que había más de una persona. 
Me levanté sigilosamente y los sonidos cesaron. Vi una luz encendida al otro lado del biombo de la cocina y me puse detrás sin hacer ningún ruido. Por las estrechas rendijas contemplé la otra parte de la cocina, donde solemos comer y ver la tele. Estaba mi amiga, y como ya sabía, no estaba sola. Sus brazos entrelazaban una figura esbelta, bastante más alta que ella, de pelo enmarañado, negro, quizá tintado. No podía distinguir su cara, ya que formaba una sola forma con la cara de mi amiga. Se entretejían en una sola persona besándose apasionadamente. Sus brazos se buscaban entre sí, sus manos se recorrían sin cesar. Sus labios no se distinguían. El calor que la escena emanaba llegaba hasta mí, haciéndome partícipe de tan inusitado evento. Y en mi propia cocina. No sabía si enfadarme o agacharme y dar media vuelta.
A regañadientes despegué mis ojos de aquel momento, que debía ser privado, y me di la vuelta silenciosamente para volver a mi oscura y triste habitación. Me acosté en la cama. Me tapé con la manta. Cerré los ojos y comencé a soñar despierta. Me imaginaba que la que besaba aquella misteriosa silueta era yo. Que zambullía mis manos en su cabello y que nuestro aire era el mismo. Que respirábamos agitadamente, que nos conocíamos con las manos, para siempre, como nunca. Que no llegábamos a vernos, porque no abríamos los ojos, que me tocaba, que le gustaba y que no quería que terminara. Que aquella tenue luz nos envolvía como un manto de seda, arropándonos en pasión, ahogándonos en placer. Imaginé lo inimaginable.
Esto no podía seguir así. En un presente de un mundo paralelo a este, yo estaba enamorada del chico perfecto, con un cuerpo perfecto, una personalidad perfecta y que me trataba perfectamente, y tenía que volver a ese presente. Porque esto no podía ser. ¿Desde cuándo iba yo besándome con figuras extrañas en los rincones de mi imaginación? Me levanté dispuesta a ahogar mi cara y mis absurdos pensamientos en el agua purificadora del lavabo.
Con unos pasos más que silenciosos me aproximé al baño más alejado de la habitación donde tenía que dormir mi amiga. Le di al interruptor que encendía solamente las luces del espejo para que mis dilatadas pupilas no se quejaran y entonces lo vi. Era el cuerpo más hermoso que había visto nunca. Al principio me fijé sólo en su cara. Rasgos finos, casi afilados, nariz pequeña, labios carnosos. Ojos azules, o verdes, no lo sé. Un color precioso. Tenía ese pelo que tan palpado estaba por mi imaginación, despeinado y mojado, goteando sobre sus hombros. 
Después de dar ese fugaz repaso a su belleza facial, bajé un poco la vista y comprobé que no llevaba nada puesto. Supuse que había estado duchándose. No lo sé. Quizá aun estuviera soñando. Pero eso no fue lo que culminó mi asombro. Mis ojos no habían querido comprobarlo pero pronto me di cuenta de que era una mujer. Mi mente había deslizado su andrógina belleza al lado masculino, pero sus pechos, firmes y que no pasaban la 85, me indicaban que su portadora era una fémina. Delgada, muy alta y guapa en exceso. Llevaba tan sólo un culotte negro que cubría lo justo, justísimo para que no saliera gritando del baño.
Qué… impresionante – musité.
Soy muy alta, lo sé – Afirmó con autosuficiencia y una media sonrisa muy sexy.
No me refería a… – No quise acabar la frase. – Eres muy guapa. Y guapo. Eso es. – Seguramente se lo tomaría como un insulto y se iría llorando de ahí y no me querría ver nunca más y olvidaría ese momento para siempre y yo volvería a mi mundo paralelo con mi novio perfecto y mi vida normal.
Muchas gracias, supongo. Tú eres más que guapa. – Entonces reparé en sus ojos, que comenzaron a recorrerme ávidos de conocer cada rincón de mi cuerpo. Primero me miró los ojos, que estarían vidriosos y dilatados, después se fijó en mi cuello, del que colgaba un collar de plata, fue bajando y descubrió que sólo llevaba puesta mi camiseta de tirantes de dormir y unas braguitas azules. Eso pareció encender su mirada.
Bueno, vale, gracias, me tengo que ir y todo eso. – Dije, sin mucha seguridad en mí misma. Me di la vuelta y me quedé muy quieta.
Comencé a sentir su aliento en mi nuca. Un escalofrío me recorrió desde su boca hasta mis talones y giré un poco la cabeza. Sentí su cuerpo cerca del mío, el calor inundando cada poro de mi piel. Sus labios, inmóviles, me respiraban demasiado cerca de la oreja. Mis delirios comenzaron a ser presa de la excitación y me puse frente a ella. Cuerpo a cuerpo. Miré un poco hacia arriba para encontrarme con su mirada, que me atravesó como un rayo de luz, quemando hasta el más sensato de mis pensamientos.
Reconozco que me habría gustado sentir su erección presionando mi piercing del ombligo, como me solía pasar con los chicos con los que estaba. Pero eso se compensaba con creces con esa piel tan suave, con esa cara tan lisa y esa mirada felina. En ese instante, y surcando mis dudas y pensamientos, se encorvó un poquito para poder llegar a mí y sus labios comenzaron a beberse los míos de la manera más sensual que jamás había vivido. Eran húmedos y suaves. Sentía su color rosado a través de mi piel y mi cabeza empezó a escaparse de la tierra para hacer un viajecito por las nubes.
Con sus fibrados brazos me cogió en peso y me sentó en el lavabo. Mis piernas se agarraron firmemente a su cintura y nuestro eterno beso se volvió más acalorado. La rapidez de nuestros movimientos aumentaba a la misma velocidad que la agitación de nuestra respiración, la cual pronto se convertiría en gemidos. Sus manos acariciaban cada parte de mi cuerpo: mi cuello, mis pechos, mis caderas, mis muslos; y la situación era cada vez más incontenible. En el segundo que separó sus labios de los míos me arrancó de un zarpazo la camiseta y juntó su torso con el mío. Nos dimos un segundo de descanso para sentir la situación. Me miraba fijamente, respirando rápido y fuerte. Su cuerpo estaba demasiado mojado y el mío demasiado caliente. Sentía que iba  a estallar en cualquier momento.
La lujuria volvió a apoderarse de sus acciones y mientras me besaba, comenzó a hacerme suya con caricias por encima de la tela. Yo ya no sabía ni en qué mundo estaba, ni qué estaba sucediendo, sólo podía gemir mientras ella intentaba besar mi boca abierta.
Empezó a lamer mi cuello, bajando lentamente, dibujó mis senos con su lengua y su mano libre trazó un camino desde mi nuca a mis caderas. Mis gemidos eran cada vez más audibles pero mi razón estaba en algún sitio jugando al póker sin ningún tipo de preocupación sobre si nos estaría escuchando mi amiga o no. Y entonces ocurrió. Mi misteriosa amante introdujo su mano por debajo de la tela azul y no sé lo que hizo ni cómo pero yo ya no podía más, comencé a gritar sin contenerme. Lo hacía demasiado bien, demasiado lento, demasiado rápido, demasiado húmedo.
Fue entonces cuando mi cuerpo empezó a sufrir placenteros espasmos y el disfrute se hizo insuperable. Con gritos sordos, tapados ahora por su mano izquierda, alcancé el mejor orgasmo de mi vida. Quitó su mano de mi boca y la sustituyó por sus labios, que me besaban ahora de la manera más dulce posible. Abrazándome como si me amara, me aplastó contra ella y susurró – Eres un ángel -. Cuando me soltó fue como si me arrancaran una parte de mi cuerpo. Se dio la vuelta, se puso una camiseta y se marchó de mi baño, de mi casa y de mis sueños.