Funerales y bañadores de lunares

– Sabes que se ha ido para siempre, ¿verdad?

– Sí.

– Entonces… ¿por qué  no lloras?

– A tu madre le gustaba jugar con mi pelo, ¿sabes? Jugaba con mi pelo como juega con el tuyo. No he conocido a nadie tan amable como ella en toda mi vida. Por las mañanas, cuando me escuchaba jugando con la pelota cerca de su jardín, salía y me preguntaba si quería algo de desayunar. A veces incluso se quedaba jugando un rato conmigo. Su sonrisa iluminaba desde el porche hasta cada rincón de la valla. Era una mujer con ángel, te lo digo yo. Cuando crecí un poco, de adolescente, creí enamorarme de ella. Es que no lo podrías entender. Se pintaba los labios con el más suave de los colores y me miraba con dulzura. Parecía irreal. Yo la solía mirar a través de la valla: ponía un taburetito, me subía y conseguía que mis ojos sobrepasaran la altura de las maderas, y entonces la miraba. Casi todas las tardes, cuando se ponía a arreglar las flores del jardín, la miraba por el simple placer de mirarla.

Cuando cumplí veinte, le regalé una flor y la llamé ‘preciosa’. No te imaginas lo guapa que estaba: tendría casi cincuenta años, pero su sonrisa era aún más joven que yo. Por aquel entonces me había aficionado a pintar. Ya sabes, a pintar todo lo que veía. Llevaba un cuaderno a todas partes, y como te puedes imaginar, más de la mitad del cuaderno estaba ocupado por sus rizos perfectos, sus manos fumando, sus ojos, sus mejillas sonrosadas y sus pies descalzos. Un día me atreví y le pedí que posara para mí. Se sonrojó y mirando hacia el suelo dijo ‘sí’. Posó para mí una tarde de verano, a la orilla de la pequeña piscina de su patio, con un bañador precioso, de lunares, y unas gafas de sol adornando su cabeza. Pasé horas dibujándola: dibujé perfectamente las pequeñas arrugas que se le formaron de tanto sonreír, dibujé sus delgados dedos jugando con el césped, dibujé sus pies, sus uñas pintadas de rojo, su cuello, su perfecta mandíbula, dibujé sus labios, dibujé la nariz más bonita del mundo. Dibujé, dibujé y dibujé hasta darme cuenta de que la amaba. Y tal cual, se lo dije. Le regalé su retrato y en la dedicatoria le dije lo que sentía.

Ese cuadro sigue en el salón. Al parecer, me ha querido desde que la quise yo.

Por eso, hijo, por eso no lloro. ¿Qué sentido tendría llorar por quien me dio la felicidad?

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Perderme

Hacía tiempo que no recorría el sendero que tanto me gustaba cuando era tan sólo un crío. El resquebrajar de las ramas secas bajo mis sandalias, marcando el ritmo de mis pasos, me hacía sentir un poco menos solo. A mi alrededor me miraban, erguidos, árboles milenarios cuyas copas cubrían el cielo creando sombras tenebrosas que se reflejaban ante mí. Olía a nuevo. A naturaleza fresca, llovida. Caminé durante unos minutos más. Caminé durante horas hasta sentirme verdaderamente libre. Conseguí llegar a lo que en algún momento había sido mi único refugio: una pequeña cabaña que ya casi no se sostenía en pie. Me senté bajo esos palos rodeados de infinitas enredaderas y cerré los ojos. Podía oír el agua de un pequeño riachuelo pasando cerca de allí. Se respiraba tranquilidad. No os voy a engañar, unos cuantos mosquitos me dieron la brasa durante los diez primeros minutos, pero en seguida se cansaron – o dejaron de molestarme -.

Perdida en un mapa que me sé de memoria,

formado por tu piel, mis manos y mis lágrimas (de mentira).

Todo fue un juego y no lo entendiste,

lo estás perdiendo desde que te fuiste.

:]

Monstruo yo o monstruo tú

El grueso cristal de la -increíblemente gigante- pecera, era invisible. Los ojos de la criatura sin nombre me miraban, aparentemente inertes. Sus pupilas cortaban el agua y atravesaban el vidrio para ocupar las mías con violencia. Su cuerpo era enorme, parecido al de un renacuajo mutante, y ocupaba la pecera de manera casi íntegra. Sus grandes globos oculares conformaban la mayor parte de su cuerpo, dejando en un segundo plano las escamas anaranjadas que cubrían el resto. Resultaba desagradable mirar a la criatura y, sin embargo, no podía dejar de hacerlo. Parecía áspera y dolida, como si tuviera alma. Sus escamas eran como costras, heridas sin cicatrizar, no sé, como barro. Su ‘cola’, por llamar de algún modo a ese pequeño trozo de su ser que colgaba del resto de su cuerpo, le servía de timón, aunque dudo que esa especie de globo de ojos gigantes llegara muy lejos en mar abierto. Era un animal grotesco: algo amorfo, un error.

Yo, perdido, ahogándome con ese bicho en lo más profundo de mis pensamientos, no me había dado cuenta de que el doctor seguía hablando. Andaba de un lado para otro, con la mirada fija en el suelo, soltando explicaciones sobre la monstruosidad que teníamos delante. La bata blanca ondeaba tras de él, intentando seguirle el ritmo, y yo no entendía ni una de las palabras que soltaba -todas demasiado técnicas, demasiado aburridas-. El bicho y yo nos miramos durante otro rato, hasta que el doctor dejó de hablar. Se acercó a mí, con sus pelos de científico loco, se quitó las gafas para poder dispararme con la mirada y me dijo: ‘¿Quieres ver la siguiente fase?’. Asentí, asustado, intrigado y entresudado. Le cogí de la bata y le seguí, sin dejar de mirar a la criatura que dejábamos atrás.

Entramos a una sala blanquecina. Camillas de metal, utensilios de científico loco, paredes blancas… ‘Un hospital’, pensé. No andaba mal encaminado. Sobre una de las frías -e incómodas- camillas, había un enorme bulto tapado con una sábana blanca que rozaba el suelo. El doctor me hizo un ademán con el dedo para que me acercara y yo, con los ojos como platos, me puse justo detrás de él. Apreté fuerte la tela de su bata, cerrando los puños, mientras él levantaba la sábana de la camilla, dejando ver lo que había debajo.

Estaba ahí. Era el enorme bicho que habíamos dejado en la otra habitación. Estaba muerto. El color naranja de las escamas era menos anaranjado en este espécimen. Y los ojos ya no parecían tan enormes.  De la cola surgía un curioso cable que ataba al monstruo con un pequeño feto humano, también muerto, y uno de los ojos estaba colocado de manera extraña. De todo el discurso sobre el monstruo que estaba soltando el doctor, conseguí comprender que el ojo había sido extraído para poder realizar la autopsia, ya que sus órganos, que debían de ser diminutos, se encontraban detrás de las cuencas oculares. Me pareció escuchar que este bicho no tiene sangre, que su cuerpo funciona de manera distinta al nuestro. No sé si se refería al ‘nuestro’ como humanos o al ‘nuestro’ como habitantes de la Tierra, pero no quise preguntar porque me daba miedo la respuesta.

Frenesí

El sonido de tus huesos rompiéndose contra mi sudor, y tus manos devolviéndome a la vida. Y los labios, y las cortinas zarandeando mis locuras sobre tu pecho desnudo y mi alma desnuda y tus dedos tecleando la misma melodía de siempre. En mis costillas. Y mi cabeza. Y mis pensamientos dando vueltas sin cesar creando un huracán sobre la cama que cesa solamente cuando dejas de besar y tus labios dejan de respirar y consigues deletrearme que me quieres. Con el corazón. Y me lo dices y me caigo, me retuerzo en tus brazos, desaparece la cama y las paredes, dejo de ser persona y tú me perteneces. Se rompe el edificio, y me rompo yo contigo, nos desmenuzamos entre pieles que no son nuestras, que son nuestro pasado, que no son más que el dolor sin amor de los dedos que ya nos tocaron. ¿Qué fue, pues? Fuiste tú y fue todo lo que no sucedió, porque fue todo en mi mente, porque fui yo solita, fui toda yo.

Te odié (I)

Y yo, después de masturbarme, aún con los pantalones del pijama por las rodillas y el corazón acelerado, pienso en ti. No antes ni durante, no. Después. En el momento del abrazo y el te quiero. El momento en el que me falta tu aliento en la nuca y el calor de tus brazos rodeando mi cuerpo aún agitado. Pero esto no está bien, no. Súbete los pantalones, enciéndete un cigarro, ponte a mirar por la ventana y piensa en otra cosa. ¿Y qué otra cosa iba a pensar? Que ese gélido aire que recorre mis poros está creado por el vacío que has proyectado en mis días. Que las caladas son segundos que me fumo y minutos que se esfuman sin poderte tocar. Trato de no llorar, pero qué más da ya. Las lágrimas empiezan a recorrer mis mejillas y, ausente de tu consuelo, miro al cielo, termino el cigarro, tiro la colilla, cierro la ventana y me tiro a la cama para llorar con más ganas.
Recuerdo cuando decidí dejar de pensar en ti. Incluso lo escribí en el diario: “Se acabó”. Pero tanto esas páginas como yo, sabíamos que era mentira. Volví a pensar en tus manos a los dos días, en tu aliento a los tres, en tus ojos a los cuatro, y en tu forma de amar cada vez. Mi vida siguió siendo una noria, en la que ni giro ni termino de girar. Todo se convirtió en “el intervalo de tiempo que”. No era mi vida, era un trozo de algo que sobraba y que sin ninguna duda, omitiría en mi autobiografía, si es que algún día llegaba a tener. Comencé a contemplar todo en tercera persona, como si yo no estuviera involucrada directamente en mi vida, hay que joderse, y todo por ti. Me pasaba los días haciendo experimentos sociales, mi cabeza sólo se divertía haciéndome responder a “¿y qué pasaría si…?”. Pues pasan muchas cosas. Pasa que te quedas sin amigos, que estás sola, que te da igual, y que no le importas a nadie, eso pasa. 
Intenté refugiarme leyendo, escribiendo, viendo pelis y forzando hobbies que nunca me habían atraído. Y jugaba al ajedrez por Internet, y siempre ganaba, y veía la tele pero no miraba nada. Me tiré a un par de tíos después de ti, pero siempre me lo jodías. Bueno, tu cara; tu cara y tus ojos atravesando mi nuca, observándome como si estuviera cometiendo un pecado. Sí, me sentía infiel. Fui infiel a un ‘tú’ que no tenía. Uno de los chicos se llamaba como tú, pero no se parecía en nada a ti, aunque me gustaba gritar tu nombre mientras lo hacíamos, y el otro… El otro era amigo tuyo, sin más. Supongo que lo hice por joder, en ambos sentidos de la palabra.
Y sigo sin entender porqué te fuiste. Bueno, vale, sí, soy una niñata malcriada, egocéntrica, caprichosa, algo bipolar, siempre estúpida y mandona. Pero eso te gustaba. Te gustaba allá en el 2003, cuando éramos dos críos y yo aún no me había planteado el suicidio ni una sola vez. Cuando yo iba a la universidad y venías a recogerme en aquella moto de segunda mano feísima en la que siempre me oponía a montar. Cuando me besabas por los callejones, tocándome más de lo que debías y disfrazando la pasión en palabras de amor que no sentías. O sí, ahora ya nunca lo sabré, y creo que tú tampoco, porque… ¿me has querido alguna vez? La carta aquella que me mandaste, esa de cuando llevábamos dos meses separados, esa que relataba lo mucho que me habías amado estos años, nunca me la creí. Te jodía que yo pudiera estar rehaciendo mi vida, cosa que no estaba haciendo, y me mandaste eso para hundirme más en el lodo, para que añorara esas palabras en mi oído, para que recordara cómo me provocabas escalofríos acariciándome las caderas y diciéndome que veríamos el fin del mundo cogidos de la mano. Te odié, y no sabes cuánto.
[…]