Inconsciente pero no del todo

Se deshicieron todos los pasos. Las cicatrices. Los abrazos.

Desgoteáronse todas las lágrimas, todos los vasos.

Y me desangré encima, toda entera, desde los ojos hasta las uñas de los pies.

Desde el ‘creo que empiezo a sentir algo’ hasta el ‘siempre te querré’.

Lo digo muy en serio, todo empezó a rebobinar. Calculé más o menos en cuánto tiempo, fueron tres eternidades nada más.

A veces desearía comprenderlo, pero ¡ts, ts, tsss! No me lo digas. Supongo que algún día lo descubriré.

Y serás el tendedero de esta amarga y envejecida piel.

‘Te quiero, just so you know’.

But just so you know, I never trust a happy song.

La sombra de las nubes

Sus ojos color marihuana, a cualquiera hacen perder la cabeza.

La locura de sus pinceladas, quizá más de la que debiera.

Bebimos un café o dos, quizá más de tres cubatas,

y pronto entendí que éramos experimento,

que ni remotamente éramos nada.

 

Exprimí cada segundo que me fue regalado,

me fumé sus ojos, me coloqué de su droga quizá demasiado.

Hubo lágrimas y cogieron su nombre,

hubo frío y hubo un millón de coches.

 

Era la ciudad, que nos envolvía,

y nos convertía en luces,

cuando nosotros sólo buscábamos ser melodía.

 

Pero qué cálido el pecho ajeno,

y qué válido todo su tormento.

Quienquiera que fuera, sabía escapar de los caminos que yo invento.

Quienquiera que fuere, sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

 

Y me tentó más de una vez, con sus manos de cigarro,

y me tentó y me hizo ver, que no éramos más que cuatro tristes manos.

Mi fin del mundo

Explotar es gratis. No sé. Somos pedazos. Las venas se las lleva el viento y tú y yo ya ni siquiera estamos.

He recorrido galaxias enteras buscando un planeta que nunca existió. Sobrevolé varias supernovas y me desmayé convirtiéndome en estrella, los cráteres de mi vida empezaron a estallarte y las heridas, ay, las heridas, sangrantes y sin luz que reflejar, nos comieron, nos destrozaron y nos convirtieron en lo que nunca fuimos. Y ahí encontré el mal, justo en ese punto entre la nada y las ganas de vomitar. Es una especie de oscuridad de ojos tiernos que se sabe tu alma de memoria.

¿Es dolor todo esto? No, es el infinito. Son las olas, el temblor, los días, la falta de abrazos y las noches sin mañanas que nadie me regalaba. Puede que simplemente fuera yo.

Pero es que fue, juro que fue. Era fuego generando arcoiris. Es que no lo entendéis. Era la vida misma, era nuestra misma piel. Que detrás de cada abrazo fabricado de rocas de cualquier planeta destrozado, como todos, yacía un pequeño agujero negro que ponía fin a nuestras odiseas. Es que no lo entendéis. Que nunca hubo camino porque no había destino ni nave ni senderos que recorrer. Y las llamaradas en el horizonte sólo hacían que quisiéramos quemarnos más, y fuimos tan tontos de dejarnos manipular por un sino inexistente y las corrientes de sufrimiento que nos tienen maniatados.

Y despierto otra vez, tras la sexta noche. El estúpido y chirriante bufido del despertador se traga mis sueños y yo me trago las lágrimas una vez más. Es el séptimo día interestelar, y aún no consigo atisbar el por siempre jamás.

He perdido las llaves de mis ganas de respirar.

¿Cuál es la velocidad de la oscuridad?

Dicen que no existe.

La oscuridad es la nada y sólo es algo cuando se llena de luz. La oscuridad no existiría si no hubiera luz con la que llenarla, se olvidan de que ocurre lo mismo al revés.
Como la muerte y la vida. ¿Cómo vas a morir si no vives? ¿Cómo vas a vivir si no mueres algún día? Es lo mismo que preguntar cuánto ha vivido o qué edad tenía al morir. Tan complementarios como el amor y el odio, tan adversos como tú y yo.