Falso alumbramiento

Siento que al nacer esparcí mis vísceras, intoxicando mi entorno y a mí misma. Desde mi primer intento de ser persona, no he dejado de sangrar. Intenté llorar, y mira que lo intenté, pero sólo me salían gritos ahogados que sonaban a haber vivido demasiado. Y recuerdo mi primer diente, y utilizarlo como excusa para poder seguir gritando sin alterar el caótico orden de las cosas. Y mi primer insomnio. Hablar con el techo me enseñó a ser mejor actriz a la hora de hablar en el mundo real, que para mí sólo era un techo más grande y más pesado, que a veces contestaba.

Parece que han pasado dos días, vaya, casi dos vidas que llevo ya. Pasé de hacer como si me importaran las cosas a sobreactuar, y me convertí en una niña aparentemente mimada que lloraba más de lo normal. Pero claro, nadie se daba cuenta de que yo seguía hablando con el techo de encima de mi cama, mintiéndole para fingir que seguía viva como todos los demás. Hubo un tiempo en el que incluso llegué a creer en Dios, sólo por creer en algo, para no estar vacía; pero nada, no funcionó. Y luego me empecé a fumar los libros de dos en dos.

Y ahora os puedo por fin confesar…

que mi madre no me dio a luz, que luz no veo por ningún lado,

ni siquiera túnel por el que reptar.

No me dio a luz,

porque todo lo que hay en este mundo es oscuridad.

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No natos

En realidad todo esto no es más que teatro. Somos actores pésimos interpretando una pésima vida. Títeres de una hipocresía que nos gobierna como individuos y como sociedad, nos dejamos llevar por la más estúpida de las corrientes que alguien decidió por nosotros. Creemos en una felicidad inventada basada en pequeños momentos de éxtasis y placer enteramente carnales, dotándolos de un significado artificial al que bautizamos con nombre y apellidos para podernos aferrar eternamente a su efímera existencia.

No somos más que los puntos suspensivos de un mundo a mitad.

Nacemos rotos, nacemos corruptos, nacemos muertos por dentro. En este escenario que nos precede y nos sobrevivirá.

Totalmente

Parece que fue ayer cuando empecé a dar tumbos de un lado para otro, cuando decidí dejarme llevar por la nada. Y es que siempre fui así, vagabunda de las emociones, pero qué se le va a hacer, otros nacen rebaño, que es bastante peor. Y más tarde me di a la lectura, sí, como quien empieza a drogarse; y me drogué, me drogué, no saben cuánto, una barbaridad. Escapé de la realidad, así, tal cual. Me creía libro, me creía princesa, me creí mil cosas y ahora… ahora qué. Ahora salgo y no hay nada, las calles son incoloras, es increíble esto, la gente también lo es. ¿Qué sentido le ven a todo? ¿Qué sentido le encuentran? Ir a tomar un café, salir un sábado, fumar, beber, follar. No lo entiendo. No hay magia si la capacidad intelectual es nula. Creen que son felices, insensatos animalillos, creen que existen. Pero no son nada. Y lo escribo negando con la cabeza, porque es la mayor verdad que dije nunca: No Son Nada. Y lo peor es que no lo quieren ser.

Pupilas dilatadas

Ejercicio de expresión de Elaboración de textos. UA.
El primer recuerdo que tengo data de 1994. A mis tiernos tres años, acababa de descubrir (no sin gran pesar) que los Reyes Magos no existían, que Papá Noel era mentira y que mi ciudad estaba dentro de España, y no al revés. Fue un año duro. Me rompí un brazo, me cortaron el pelo en contra de mi voluntad y mi hermano no paraba de echarme la culpa de sus actos pirómanos. Es por eso que me rebelé. Creé una coalición junto a mi indignación y mi maldad intrínseca y nos dedicamos a estropear la inocencia de esos pequeños seres de mi generación. Me esforcé, con las pocas palabras de nuestro extenso lenguaje que conocía, en explicar, argumentando razonadamente, porqué esos entes en los que ellos tanta ilusión depositaban, no existían ni nunca habían existido. Ahí empezó todo. Casi me echan de la guardería. 
Al cumplir 9 años fui ‘obligada’ a tomar la primera comunión. Me pasé el día predicando acerca de la no existencia de Dios y la inutilidad y gasto que suponía la Iglesia. No paraba de repetir una gran frase de Homer Simpson: “Pero Marge, ¿y si nos hemos equivocado de religión? Lo único que hacemos yendo a misa es enfurecer más y más al verdadero Dios”. Mi escepticismo fue creciendo conforme empezaba a comprender que los argumentos de los adultos no tenían sentido o se basaban en cosas como “la fé” o “esto siempre ha sido así”. Comprendí que el mundo estaba mal hecho. Casi me echan de la Iglesia. 
Con el paso de los años he aprendido que no sólo es mentira lo que no existe, sino lo que nos ocultan o deforman para mantenernos sedados. Mi inconformismo e incredulidad me han llevado a un punto en el que me hago activista, terrorista o nihilista. Por eso he decidido desparramar toda esa amalgama de emociones, resignación y descontento en la creatividad. Escribo a menudo, dibujo aunque sea horrible, fotografío cuando puedo, compondría si supiera. Pero todos sabemos que la creatividad no es sólo arte, y yo intento aplicarla a todos los aspectos de mi vida (en la medida de lo posible). Trato de ver todo desde un punto de vista desconocido, prohibido, o incluso estúpido, dándole color a estos días tan grises que corren. Y ahora tengo miedo de que me echen del mundo. 
Miro siempre el planeta desde fuera, analizándolo, hasta no sentirme parte de él. A veces me abstraigo tanto que se me olvida que soy un ser humano. A veces no como o se me olvida dormir. La verdad es que siempre he deseado ser un ente imaginario basado en los miedos e ilusiones de aquél que quiera creer. 
En fin, supongo que la vida es dura para aquellos que deciden ver.

No ser

¿Dónde está la línea que separa el dolor y la desgana? El ser o no ser de cada día. Decido existir cada mañana. El miedo de mirar y no poder ver nada. Mi camino está empedrado y alborotado, abarrotado de gente que desconozco, de ojos vacíos y mil y un desengaños. Retiro lo dicho. Toda mi vida es ese río. Voy a cruzar esa línea inexistente para poder volver a verme.
No hay cosa que deteste más que ponerme a pensar. Y preguntarme cada día cual es la nota disonante de mi existencia. Y recubrir mi piel de interrogantes sin respuesta. 
Tengo una corazonada irracional. Creo que voy a poder respirar.
Me agobia demasiado esta ropa, cada uno de los sistemas de protocolo social.
Estoy ensangrentada.
Y asustada.
Tal y como nací.