Manos débiles sobre teclado inerte

No fui sino ciega de amor y podrida por dentro, no más que tres pinceladas de rojo sobre mis lágrimas. No fui más que las ganas de ser el arte de tus manos y el dolor de los dos. Y aún así, sobrepasé con creces el límite de lo soportable por cualquier ser humano. Despedacé los días, poco a poco. Destrocé las noches derramando su negro sobre mi transparente. Pero y quién eres tú para entender y quién soy yo para explicar. Manos débiles sobre teclado inerte, palabras falsas sobre estúpido idioma. Y lienzo ahogando mi alma.

Las estrellas que antes ni aparecían, ahora ciegan y es por ti. Y no es ‘gracias a’, sino ‘culpa de’, porque yo ya no puedo ver.

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Deja que la violencia de nuestros silencios se lleve el aroma a ayer,

pero primero abrázame.

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Inconsciente pero no del todo

Se deshicieron todos los pasos. Las cicatrices. Los abrazos.

Desgoteáronse todas las lágrimas, todos los vasos.

Y me desangré encima, toda entera, desde los ojos hasta las uñas de los pies.

Desde el ‘creo que empiezo a sentir algo’ hasta el ‘siempre te querré’.

Lo digo muy en serio, todo empezó a rebobinar. Calculé más o menos en cuánto tiempo, fueron tres eternidades nada más.

A veces desearía comprenderlo, pero ¡ts, ts, tsss! No me lo digas. Supongo que algún día lo descubriré.

Y serás el tendedero de esta amarga y envejecida piel.

‘Te quiero, just so you know’.

But just so you know, I never trust a happy song.

Ese canibalismo llamado amor

Quisimos inventar lo que nunca fue nuestro y así nos fue. Viviendo de la nada y alimentándonos cada día de todo lo que nos falta. Y luego las sonrisas, que vinieron cogiditas de la mano a saludarnos, a engañarnos. Como cada caricia y cada polvo que echábamos. Despellejamos los sentimientos hasta verlos por lo que realmente eran: nada. Como todos.

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Ese canibalismo llamado amor,

que nos comió a los dos.

Y nos dejó sin vida, sin huesos, sin voluntad propia.

Que nos consumió

porque somos cerillas y eso era fuego por culpa de la puta pasión.

¿Qué se hace ahora?

Cuando no queda nada, pero queda todo eso de lo que hablan los poetas que creen que saben de amor.

Pero es que todos esos poetas no saben escribir. No pueden escribir. No pueden, y es que no comprenden que el amor es enfermedad mental, y ellos lo tratan de bendición. Es enfermedad mental, nos engaña y nos atraviesa, nos hace sonreír como malditos esquizofrénicos volando en su mundo inventado, viendo nubes donde hay humo tóxico.

¿Qué se hace ahora?

Seguir disfrutando de los delirios de sus manos, de perderme entre su saliva y regalar todo lo que soy, lo que fui. Pasar las horas mirándonos fijamente con media sonrisa tatuada en la cara. Dar vueltas hasta convertirnos en sábanas. Inventar un idioma, inventar un reino. Ser dos cuerpos en una misma coraza.

Y hasta cuándo.

Sólo humo

J’espère qu’au ciel
Des diables malins coupent au anges leurs ailes
Pour que tu retombes du ciel
Dans mes bras ouverts
Cadeau providentiel

Mais chaque seconde est une poignée de terre
Mais chaque seconde est une poignée de terre
Mais chaque minute
Est un tombeau
Vois comme je lutte
Vois ce que je perds
En sang et en eau
En sang et en eau

El tembloroso dolor del tacto de tus manos reconociendo mi piel, que es mentirosa como la que más. El tembloroso dolor que me hizo entender que sueño demasiado para lo poco que consigo dormir. Y a veces viene ese cuerpo tuyo, de mirada triste y degollada, a acogerme entre sus brazos y darme el calor que nunca encuentro sola en la cama. Suena música de fondo, y sólo veo tu humo. El humo de los cigarros que tiras a medio fumar para poder besarme con ganas y… Nos queremos otra vez, como si no doliera, pintamos la habitación con versos que parecen sinceros pero que sólo son besos sacados de contexto. Y ahí me esperas. Cruzado de brazos para explicarme que todo se acabó, que los sueños, sueños son. La música sigue sonando y suena la frase más adecuada, como siempre, la frase detonante de mis lágrimas inundando la habitación, inundándonos a los dos, ahogando las verdades, estropeándolas, convirtiéndonos en pañuelos empapados. Frágiles, asustados. Como mis huesos cada vez que retumbas en ellos.

Como tú y yo,

desde que chocamos.

El templo de las mentiras olvidadas

Vomitamos una vida con tropezones y nos atragantamos siempre con la misma piedra. Así de inútiles somos los humanos. Así de humanos somos los inútiles.

Y de la mano de mi intriga por esa felicidad de la que hablan los libros y los ingenuos, llegas tú. De la mano de la falsa realidad que habéis creado todos los demás: tú. Y me coges de las caderas y me llevas al sitio que no existe. Y me besas, porque nunca antes me habías besado, y me explicas que no significa nada. Que besar es juntar los labios y lo que quieres juntar conmigo es tu alma. Pero nada, que no sabemos cómo funciona, y nos destrozamos revoloteando en tu cama. Intentando juntar almas, qué estúpidos, si aún no sabemos deshacernos del cuerpo que nos recubre. Y entonces qué. Besar, acariciar, amar, tal vez. Y todo a flor de piel.

Desgastamos las miradas vacías y los minutos que pasan. No nos quedan cafés ni mentiras. Asesinamos al tiempo, degollando relojes. Y te juro por Dios que nunca pensé que sucedería. Nuestras almas chocaron. Dolió más que mil abismos de oscuridad afilada cortando mis venas. Más que todas las noches de mi vida. Más incluso que las verdades que deseamos que sean mentira.

Sin embargo, la sensación me resultó extrañamente familiar. Creo que fue un error, pero no pasa nada.

No pasa nada mientras no salgamos de tu cama, que vuelve a ser el templo de las mentiras olvidadas.