El templo de las mentiras olvidadas

Vomitamos una vida con tropezones y nos atragantamos siempre con la misma piedra. Así de inútiles somos los humanos. Así de humanos somos los inútiles.

Y de la mano de mi intriga por esa felicidad de la que hablan los libros y los ingenuos, llegas tú. De la mano de la falsa realidad que habéis creado todos los demás: tú. Y me coges de las caderas y me llevas al sitio que no existe. Y me besas, porque nunca antes me habías besado, y me explicas que no significa nada. Que besar es juntar los labios y lo que quieres juntar conmigo es tu alma. Pero nada, que no sabemos cómo funciona, y nos destrozamos revoloteando en tu cama. Intentando juntar almas, qué estúpidos, si aún no sabemos deshacernos del cuerpo que nos recubre. Y entonces qué. Besar, acariciar, amar, tal vez. Y todo a flor de piel.

Desgastamos las miradas vacías y los minutos que pasan. No nos quedan cafés ni mentiras. Asesinamos al tiempo, degollando relojes. Y te juro por Dios que nunca pensé que sucedería. Nuestras almas chocaron. Dolió más que mil abismos de oscuridad afilada cortando mis venas. Más que todas las noches de mi vida. Más incluso que las verdades que deseamos que sean mentira.

Sin embargo, la sensación me resultó extrañamente familiar. Creo que fue un error, pero no pasa nada.

No pasa nada mientras no salgamos de tu cama, que vuelve a ser el templo de las mentiras olvidadas.

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Otra orilla

Y tú me preguntas por dónde sale el sol, querida.

El sol no sale cada mañana desde que no sales tú.

[…]

Has cambiado, también he cambiado yo,

el cielo sigue igual, pero ya no es del mismo color.

[…]

Y es así, olvida todo lo que no te dije.

Olvida las cartas,

olvida este recital que no existe.

Náufraga de necesidades, escondida en desiertos de medias verdades y sonrisas de la mejor textura posible. No puedo ni recordar ya, no imagino esa sensación de calor en mis pupilas, en mis poros nerviosos por verte, en mis piernas temblorosas por andarte. Y no, ya no volví. Es cierto, no volví, pero me sé el camino de memoria, desde el ombligo hasta las clavículas y desde tus inviernos hasta las moléculas que se desintegran en lo que nunca llegamos a tener. ¿El qué? Eso me gustaría a mí no volver a saber.

Mi fin del mundo

Explotar es gratis. No sé. Somos pedazos. Las venas se las lleva el viento y tú y yo ya ni siquiera estamos.

He recorrido galaxias enteras buscando un planeta que nunca existió. Sobrevolé varias supernovas y me desmayé convirtiéndome en estrella, los cráteres de mi vida empezaron a estallarte y las heridas, ay, las heridas, sangrantes y sin luz que reflejar, nos comieron, nos destrozaron y nos convirtieron en lo que nunca fuimos. Y ahí encontré el mal, justo en ese punto entre la nada y las ganas de vomitar. Es una especie de oscuridad de ojos tiernos que se sabe tu alma de memoria.

¿Es dolor todo esto? No, es el infinito. Son las olas, el temblor, los días, la falta de abrazos y las noches sin mañanas que nadie me regalaba. Puede que simplemente fuera yo.

Pero es que fue, juro que fue. Era fuego generando arcoiris. Es que no lo entendéis. Era la vida misma, era nuestra misma piel. Que detrás de cada abrazo fabricado de rocas de cualquier planeta destrozado, como todos, yacía un pequeño agujero negro que ponía fin a nuestras odiseas. Es que no lo entendéis. Que nunca hubo camino porque no había destino ni nave ni senderos que recorrer. Y las llamaradas en el horizonte sólo hacían que quisiéramos quemarnos más, y fuimos tan tontos de dejarnos manipular por un sino inexistente y las corrientes de sufrimiento que nos tienen maniatados.

Y despierto otra vez, tras la sexta noche. El estúpido y chirriante bufido del despertador se traga mis sueños y yo me trago las lágrimas una vez más. Es el séptimo día interestelar, y aún no consigo atisbar el por siempre jamás.

He perdido las llaves de mis ganas de respirar.

Me caí del espejo

Me tropecé con mi aura, me ahuyenté a base de verdades que nunca quise conocer. Y retorcidas las pestañas, nada queda, sólo un millón de vacíos llenando la mísera discordia entre el hueso, la carne y el alma. 
Me quedo muy quieta. Perpleja. Mirando a mi alrededor. Sólo consigo contemplar la indiferencia de mis sentidos hacia el mundo que nos rodea, el dolor de que no haya dolor, porque no hay nada. 
Sólo soy un ser vivo, que no viviente, insertado en este mundo por casualidad, seguramente por error. Y sonrío. Porque sí, me caí del espejo, pero al menos conseguí no quedarme dentro.

Stop

Vuelvo a recorrer descalza el sendero fabricado con pinchos que recorre el laberinto de un cuerpo que nunca será enteramente mío. Me miro fijamente a los ojos, intentando desatar las manías que me oprimen y los miedos que me impulsan a cerrar mis párpados y no volver a reflejarme. Los pasos son cada vez más cortos, la respiración más entrecortada, y tras la puerta, puedo escuchar tu aliento. Diciéndome ‘ven’. Diciéndome que me vaya. Escucho los susurros que me mantienen cuerda mientras mi cabeza trata de desaparecer, de correr hacia un universo paralelo inventado en los sueños que siempre recuerdo. Y retrocedo. Retrocedo porque no puedo seguir, o porque no sé cómo termina la canción. Es probable que nunca la haya escuchado. Todas estas falacias, todos estos intentos, cada recreación casi satánica de figuras imaginadas, me atan a un mundo del que debería salir. ESTOY PROHIBIDA. ¿Lo entiendes? Soy la droga que me fumo cada día, y mira si he acabado mal. Soy las venas de una muñeca de porcelana, el pelo lacio, las ojeras, las miradas caídas y el mal. El mal en sí. El mal en mí.