Inocencia

¿Qué estropearía lo roto e insoportable, aún sabiendo que no existe el más mínimo detalle de dolor o carencias de lo maravilloso? ¿De veras crees que podría coger tu mano y realizar mil poemas pensando que mañana dejaré de sostenerla? Cruel divinidad, que piensa siempre lo peor, reiteraría cien veces las palabras que más repetí en toda mi vida, pues aunque no sean las más hermosas, sí las más ciertas y hacendosas. Y ¿por qué debería hallar consuelo en el dolor ajeno si no atiendo a razón, cuando no puedo silbar por amor? Hago referencia a ese dolor del que yo estoy falta, y falta no me hace conseguirlo. Quisiera saber el porqué de mi suerte. Es que ¿acaso soy yo otra simple marioneta? Me ruboriza pensar que la vida me utiliza. ¿Tan importante soy, en tan alto escalafón me hallo? Qué estupidez, yo siempre fui un mísero punto en tus lineas, querida casualidad. Rozando mis labios descríbeme que me depara, pues yo sólo te sabría decir lo que ya todo el mundo sabe. Claro que echo de menos la intimidad, oh, por Dios, ¿no lo ven? ¿no se dan cuenta de que eso ya no tiene importancia? Vaya, todos sabemos que extrañar eso es menos doloroso que extrañar esto que poseo. Mi vida entera hubiera dado si cualquiera me lo hubiese exigido, tan sólo por poseerlo. Es la esencia de la esperanza de toda persona, todo ser, cada alma. Y yo soy su dueña.
3 years ago.

Desaparecer, desaparecerte

Vomita.
Expira.
Ahoga.
No sientas, no sientas, no sientas.
Mira.
Ahora siente.
No pienses.
Llora.
Sangra.

El aire viciado de soledad te llena los pulmones. Es el último cigarrillo. ¿Y para qué? Es el último minuto. Miras por la ventana, todos parecen tan ausentes. Individuos que pasean sujetados por sus paraguas, evitándose unos a otros. Tratando de no mirar.
Pero tú ves demasiado. Has visto hasta hartarte. Hasta querer arrancarte los ojos. Hasta querer ser como ellos. Y no, eso nunca. Maltratas a tu cuerpo, maltratas a tu mente, pero no te culpas por no saber ignorar. Tus piernas, inquietas, buscan una nueva posición. Empiezas a temblar. No lo terminas de entender, pues no tienes miedo. ¿Entonces por qué? La tensión arterial, supones. Cosas biológicas. Algo normal, supones. La sangre empieza a mojar tus pies. Está caliente, piensas. ¿Y para qué? Tus ojos empiezan a no poder ver. La inestabilidad empieza a gobernar a tu alrededor. Y qué curioso, piensas, igual que siempre gobernó tu interior. Te levantas, te tambaleas. Mal, no debiste. No ha sido una buena idea. Te tropiezas con tu sombra. Te desvaneces. No te das cuenta, pero empiezas a llorar.
La sangre te baña, pero tu mente está relajada. En un estado de semiconsciencia, sientes la tranquilidad, no sientes el dolor. Sientes la felicidad, sientes que por fin, que por fin, al fin…
Tu sangre comienza a rodear el cigarro que tiraste antes de caer. Como si lo evitara. Como si le diera otra oportunidad. Pero se acerca. Lo cubre, lo consume. Se apaga. Y te apagas. Desaparece. Desapareces. No existe. No existes. No hay humo, no hay nada, no hay alma, no hay brillo, ni sombra. Ni tú.

Cuando era pequeña

Sentía, vivía, era feliz. Cuando era pequeña sonreía y me dejaba llevar. Confiaba en todos, hasta en mí misma. Dibujaba sonrisas entre mis amigos y creía en un futuro feliz para todos. Pensaba que todo era sencillo. Disfrutaba de las pequeñas cosas. Cuando era una niña soñaba y mis sueños se hacían realidad. Soñaba con ser mayor.
¿Cuándo dejé de ser pequeña? ¿Cuándo empecé a hacerme la mayor? Porque está claro que eso de crecer, madurar o hacerme adulta… nunca ha sucedido. Porque de vez en cuando vuelvo a sentirlo.
La locura.
La ilusión.
El descontrol.
La ignorancia.
Los colores.
El aire.
Y sonrío… sin preocuparme por el mundo,
olvidándome
una vez más…
de pensar.

Y que perder el tiempo contigo deja de tener sentido
porque ningún minuto contigo es tiempo perdido