El pecho frío, como el mármol.

Me enamoró al despertar, y le miré, pero no me devolvió la mirada. No pude saber si estaba durmiendo o si era su final, pero daba igual. Besé cada centímetro de su piel y sólo por un segundo, por un sólo segundo, me agarró con fuerza de las caderas y me demostró que nunca había estado vivo en realidad. El amor eterno existe, pero sólo cuando no existe nada más.

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