La sombra de las nubes

Sus ojos color marihuana, a cualquiera hacen perder la cabeza.

La locura de sus pinceladas, quizá más de la que debiera.

Bebimos un café o dos, quizá más de tres cubatas,

y pronto entendí que éramos experimento,

que ni remotamente éramos nada.

 

Exprimí cada segundo que me fue regalado,

me fumé sus ojos, me coloqué de su droga quizá demasiado.

Hubo lágrimas y cogieron su nombre,

hubo frío y hubo un millón de coches.

 

Era la ciudad, que nos envolvía,

y nos convertía en luces,

cuando nosotros sólo buscábamos ser melodía.

 

Pero qué cálido el pecho ajeno,

y qué válido todo su tormento.

Quienquiera que fuera, sabía escapar de los caminos que yo invento.

Quienquiera que fuere, sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

 

Y me tentó más de una vez, con sus manos de cigarro,

y me tentó y me hizo ver, que no éramos más que cuatro tristes manos.

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