Monstruo yo o monstruo tú

El grueso cristal de la -increíblemente gigante- pecera, era invisible. Los ojos de la criatura sin nombre me miraban, aparentemente inertes. Sus pupilas cortaban el agua y atravesaban el vidrio para ocupar las mías con violencia. Su cuerpo era enorme, parecido al de un renacuajo mutante, y ocupaba la pecera de manera casi íntegra. Sus grandes globos oculares conformaban la mayor parte de su cuerpo, dejando en un segundo plano las escamas anaranjadas que cubrían el resto. Resultaba desagradable mirar a la criatura y, sin embargo, no podía dejar de hacerlo. Parecía áspera y dolida, como si tuviera alma. Sus escamas eran como costras, heridas sin cicatrizar, no sé, como barro. Su ‘cola’, por llamar de algún modo a ese pequeño trozo de su ser que colgaba del resto de su cuerpo, le servía de timón, aunque dudo que esa especie de globo de ojos gigantes llegara muy lejos en mar abierto. Era un animal grotesco: algo amorfo, un error.

Yo, perdido, ahogándome con ese bicho en lo más profundo de mis pensamientos, no me había dado cuenta de que el doctor seguía hablando. Andaba de un lado para otro, con la mirada fija en el suelo, soltando explicaciones sobre la monstruosidad que teníamos delante. La bata blanca ondeaba tras de él, intentando seguirle el ritmo, y yo no entendía ni una de las palabras que soltaba -todas demasiado técnicas, demasiado aburridas-. El bicho y yo nos miramos durante otro rato, hasta que el doctor dejó de hablar. Se acercó a mí, con sus pelos de científico loco, se quitó las gafas para poder dispararme con la mirada y me dijo: ‘¿Quieres ver la siguiente fase?’. Asentí, asustado, intrigado y entresudado. Le cogí de la bata y le seguí, sin dejar de mirar a la criatura que dejábamos atrás.

Entramos a una sala blanquecina. Camillas de metal, utensilios de científico loco, paredes blancas… ‘Un hospital’, pensé. No andaba mal encaminado. Sobre una de las frías -e incómodas- camillas, había un enorme bulto tapado con una sábana blanca que rozaba el suelo. El doctor me hizo un ademán con el dedo para que me acercara y yo, con los ojos como platos, me puse justo detrás de él. Apreté fuerte la tela de su bata, cerrando los puños, mientras él levantaba la sábana de la camilla, dejando ver lo que había debajo.

Estaba ahí. Era el enorme bicho que habíamos dejado en la otra habitación. Estaba muerto. El color naranja de las escamas era menos anaranjado en este espécimen. Y los ojos ya no parecían tan enormes.  De la cola surgía un curioso cable que ataba al monstruo con un pequeño feto humano, también muerto, y uno de los ojos estaba colocado de manera extraña. De todo el discurso sobre el monstruo que estaba soltando el doctor, conseguí comprender que el ojo había sido extraído para poder realizar la autopsia, ya que sus órganos, que debían de ser diminutos, se encontraban detrás de las cuencas oculares. Me pareció escuchar que este bicho no tiene sangre, que su cuerpo funciona de manera distinta al nuestro. No sé si se refería al ‘nuestro’ como humanos o al ‘nuestro’ como habitantes de la Tierra, pero no quise preguntar porque me daba miedo la respuesta.

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