Te odié (I)

Y yo, después de masturbarme, aún con los pantalones del pijama por las rodillas y el corazón acelerado, pienso en ti. No antes ni durante, no. Después. En el momento del abrazo y el te quiero. El momento en el que me falta tu aliento en la nuca y el calor de tus brazos rodeando mi cuerpo aún agitado. Pero esto no está bien, no. Súbete los pantalones, enciéndete un cigarro, ponte a mirar por la ventana y piensa en otra cosa. ¿Y qué otra cosa iba a pensar? Que ese gélido aire que recorre mis poros está creado por el vacío que has proyectado en mis días. Que las caladas son segundos que me fumo y minutos que se esfuman sin poderte tocar. Trato de no llorar, pero qué más da ya. Las lágrimas empiezan a recorrer mis mejillas y, ausente de tu consuelo, miro al cielo, termino el cigarro, tiro la colilla, cierro la ventana y me tiro a la cama para llorar con más ganas.
Recuerdo cuando decidí dejar de pensar en ti. Incluso lo escribí en el diario: “Se acabó”. Pero tanto esas páginas como yo, sabíamos que era mentira. Volví a pensar en tus manos a los dos días, en tu aliento a los tres, en tus ojos a los cuatro, y en tu forma de amar cada vez. Mi vida siguió siendo una noria, en la que ni giro ni termino de girar. Todo se convirtió en “el intervalo de tiempo que”. No era mi vida, era un trozo de algo que sobraba y que sin ninguna duda, omitiría en mi autobiografía, si es que algún día llegaba a tener. Comencé a contemplar todo en tercera persona, como si yo no estuviera involucrada directamente en mi vida, hay que joderse, y todo por ti. Me pasaba los días haciendo experimentos sociales, mi cabeza sólo se divertía haciéndome responder a “¿y qué pasaría si…?”. Pues pasan muchas cosas. Pasa que te quedas sin amigos, que estás sola, que te da igual, y que no le importas a nadie, eso pasa. 
Intenté refugiarme leyendo, escribiendo, viendo pelis y forzando hobbies que nunca me habían atraído. Y jugaba al ajedrez por Internet, y siempre ganaba, y veía la tele pero no miraba nada. Me tiré a un par de tíos después de ti, pero siempre me lo jodías. Bueno, tu cara; tu cara y tus ojos atravesando mi nuca, observándome como si estuviera cometiendo un pecado. Sí, me sentía infiel. Fui infiel a un ‘tú’ que no tenía. Uno de los chicos se llamaba como tú, pero no se parecía en nada a ti, aunque me gustaba gritar tu nombre mientras lo hacíamos, y el otro… El otro era amigo tuyo, sin más. Supongo que lo hice por joder, en ambos sentidos de la palabra.
Y sigo sin entender porqué te fuiste. Bueno, vale, sí, soy una niñata malcriada, egocéntrica, caprichosa, algo bipolar, siempre estúpida y mandona. Pero eso te gustaba. Te gustaba allá en el 2003, cuando éramos dos críos y yo aún no me había planteado el suicidio ni una sola vez. Cuando yo iba a la universidad y venías a recogerme en aquella moto de segunda mano feísima en la que siempre me oponía a montar. Cuando me besabas por los callejones, tocándome más de lo que debías y disfrazando la pasión en palabras de amor que no sentías. O sí, ahora ya nunca lo sabré, y creo que tú tampoco, porque… ¿me has querido alguna vez? La carta aquella que me mandaste, esa de cuando llevábamos dos meses separados, esa que relataba lo mucho que me habías amado estos años, nunca me la creí. Te jodía que yo pudiera estar rehaciendo mi vida, cosa que no estaba haciendo, y me mandaste eso para hundirme más en el lodo, para que añorara esas palabras en mi oído, para que recordara cómo me provocabas escalofríos acariciándome las caderas y diciéndome que veríamos el fin del mundo cogidos de la mano. Te odié, y no sabes cuánto.
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12 pensamientos en “Te odié (I)

  1. Es la primera vez que entro en tu blog y quién sabe por qué he elegido esta entrada para empezar. Tal vez la foto, el título, la palabra masturbación, ni idea. El caso es que me ha encantado, he seguido leyendo y me ha convencido lo que he encontrado. Me gusta tu estilo 🙂 Por cierto, al protagonista indirecto,el tío en cuestión, una patadita en su orgullo sur de mi parte.

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