Luces de ciudad

Y sin embargo nunca supo ser persona. Siempre llevaba el pelo enmarañado y pintalabios de más. Una vez me confesó que no sabía besar. Se retorcía cada noche en busca de sí misma. Una verdad, y quizá su mitad. No sabía nada de lo que cuenta la gente, no entendía la mayoría de palabras, no se le daba bien etiquetar. Se deleitaba con el sabor de la fruta, rezaba a un Dios, sabiendo perfectamente que no está.
Sus risas se oían por toda la ciudad. Correteaba, juguetona, perdiéndose de señal en señal. En laberintos que inventaba, en juegos a los que ganaba, solitaria, rota y sonriente.
Como una muñeca de porcelana, como una escultura de cristal. Era tan débil que nadie se le quería acercar. Me intimidó al contarme que ella nació así, que es un animal de ciudad, que siempre había vivido sola y no sabía lo que era amar.
Su piel emanaba poesía. Sus poros eran simétricos, aritméticos, o yo qué sé, simplemente perfectos. Unos diminutos brazos, delgadas piernas, parecía imposible que se mantuviera en pie. Una sonrisa que no sabría calificar, quizá de miedo, puede que de curiosidad. 
Y los ojos, esos ojos, que nunca nadie podría olvidar.
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