Introspectre

Ella vivía sola, desencantada. Furiosa consigo misma. Era demasiado lista, pesimista a más no poder, realista como cualquier persona inteligente. De mente fría, ojos vacíos y calculadores. No hablaba mucho, sólo abría su boca para fumar y para comer, y no demasiado. Escribía todo lo que cruzaba por su mente en un raído cuaderno. Leía libros antiguos, veía películas mudas y escuchaba música clásica. Sabía varios idiomas. Le gustaban los gatos, “son los animales más sabios”, solía escribir.
Y era guapa como ella sola.
Grandes ojos en blanco y negro, de melena desatada, rizada y despeinada. Delgada, más de lo normal. De piernas largas que te llaman y medias de rejilla distintas cada vez. Con cicatrices de la vida, de estas que sólo se ven si te fijas. Con un par de tatuajes en la espalda y uñas teñidas de negro. Miraba mucho por la ventana, esperando que nadie se encontrara con sus ojos, se sentaba en el diván y se le escurrían las horas, entre pensamientos divagados y cuentas emborronadas. Tenía el piso lleno de papeles sin usar, de cigarros sin fumar y edredones que cubrían cada metro cuadrado. Era su refugio. Vivía ausente a la sociedad. No se le puede llamar soledad si no hay nadie más en tu mundo ¿verdad?
Odiaba los espejos. Y los pájaros que se posaban en su ventana. Odiaba cada minuto que pasaba.
Y un día dejó de odiar. Se sumió en la oscuridad, el más feliz de los vacíos. Ella no murió al suicidarse. “Libertad” fue su última palabra suspirada.
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