No, no, no…

Esta mañana me he despertado con ganas de morir. He estrujado fuerte la almohada hasta que se me ha olvidado que existo en un tiempo y un espacio. Me he levantado y quería romper todo. Romper la lámpara, romper el ordenador, romper mis cosas, pero sobretodo romper a llorar. Vestirme ha sido como un acto de purificación: “ponte la sonrisa que tienes que existir”. He salido. He existido. O al menos, eso creen los demás…

Esta mañana vivía sólo en mis pensamientos. A solas con la música, contigo y con mi dolor. Andar, andar, andar… Una inercia tan estúpida como vivir, vivir, vivir.
Me he sentado a solas conmigo misma y una parte de mí me ha pegado puñetazos. Me ha dicho que cuándo dejaré de ser tan inútil y se ha quedado callada. Para siempre. Como siempre. Han tenido una conversación intensa sobre las gilipolleces que empujan mi vida hacia delante y lo difícil que me hago llevar todo adelante yo sola.
He discutido fuertemente con las dos partes, y he salido ganando. Una pena que en lo demás sea yo la perdedora.
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