Inimaginable

Él lo sabía todo sobre mí. A qué hora salía de casa, a qué hora llegaba a clase, a qué hora volvía, incluso adónde iba cuando faltaba algún profesor. O quizá era yo quien lo sabía todo sobre él. 
Cada mañana, al salir de casa, me sorprendía con una de sus maravillosas sonrisas. Hacía tiempo que me saludaba, sin venir a cuento, pues no nos conocíamos de nada. Él era el chico del callejón. Muchas veces le veía pasear a su perro, un husky siberiano de los más bonitos que había visto. Debía vivir cerca de mí. Al pensar eso me dio un vuelco el corazón, o quizá fue porque justo en ese momento se plantó delante de mí, como todas las mañanas. Sus ojos de un azul tímido se escondían tras un enmarañado pelo negro que dejaba entrever que odiaba la peluquería. Al sonreír se le veía el aparato de dientes, qué encantador. Su cara se iluminó de ilusión (o eso me pareció) al ver que le estaba sometiendo a un test visual. Quizá debería saludarle, decirle algo, no sé. Pero se me adelantó:
– Hola – Esbozaron sus labios.
– ¿Qué? – Soy estúpida, estúpida, estúpida, estúpida.
– Que hola – Su cara parecía un signo de interrogación abochornado.
– ¡Hola! – dije, dibujando una sonrisilla nerviosa en mi rostro.
Después de este accidentado saludo, se dio la vuelta y siguió su camino. Sus movimientos adormecidos se alejaban cada vez más y su aroma se notaba cada vez un poquito menos. Yo seguí andando sin darme cuenta de adónde me llevaban mis pasos. ¿Por qué me saludaría? ¿Saludaría a todos los desconocidos? ¿Acaso había visto en mí algo especial? No, eso no, imposible. 
Pasé otra mañana insulsa escuchando clases que no me interesaban y haciendo trabajar a mi cabeza en cosas que nada tenían que ver con el estudio. Pensaba cómo besarían sus labios, cómo me recorrerían sus manos. Me imaginaba cómo dibujarle mil mapas en su misterioso cuerpo. Pensaba en qué se sentiría al rozar mi piel con la suya, cómo sabría cada centímetro de su cuerpo. Pensaba en todo, menos en la realidad. Cuando sonó el timbre desperté de esta ensoñación tan utópica y me adentré de lleno en mis esfuerzos por continuar con normalidad mi vida real.
Y otra vez cayó la noche sin que hubiera sucedido nada importante en mi vida. Fui al lago, como cada vez que me deprimía. Casi a tientas conseguí cruzar el salvaje sendero que guiaba de mi casa hasta mi refugio personal del lago. Sólo era una especie de cueva hecha con ramas de árboles, capricho de la naturaleza, pero ahí me sentía segura. Ahí es donde iba siempre a escribir mis fantasías y mis temores. Sólo yo era dueña de ese lugar.
De pronto, entre las tinieblas, pude distinguir una silueta – ¿Quién anda ahí? – Pregunté, dejando claro a mi futuro asesino que soy una estúpida. Se me acercaba poco a poco, oía el crujir de las ramas a su paso y su respiración cada vez estaba más cerca. Y ese aroma tan familiar…
– ¿Qué haces tú aquí? – Le pregunté a mi fantasía de ojos azules.
– Pues lo mismo que tú, supongo. A no ser que estés matando a alguien – Sonrió. Y con esa sonrisa supe definitivamente que estaba enamorada.
– ¿Y cómo es que no te había visto antes por aquí? – ¿Pero por qué no paraba de preguntar cosas estúpidas cuya respuesta no me importaba?
– Sólo llevo dos semanas viviendo aquí – Las dos semanas que me llevaba sonriendo por los callejones del pueblo.
– ¿Y se puede saber cómo te llamas? – Nunca entenderé porqué me puse tan hostil.
– Paulo, ¿y tú? – Se me acercó un poquito más: lo suficiente para que me pusiera a hiperventilar.
– Lorena. Encantada de conocerte. – Y ahora sí, os presento a la Lorena más estúpida del mundo – ¿Por qué me espías, me sigues, o lo que sea que estés haciendo conmigo? – Dije con un falso ceño fruncido.
¿Acaso… – Se me acercó un par de centímetros más. Podía oír como latía su corazón. – …tú quieres… – y un poquito más, casi al borde del infarto – …que pare? – Cerré los ojos y me centré en sentirle. Podía oler su perfume de arándano, o lo que fuese, y su pelo me hacía cosquillas en la nariz. Tenía demasiado calor, y él también.

Respirábamos agitados cuando, casi como si fuera un descuido, sus labios cayeron sobre los míos. Era muchísimo mejor que en mis fantasías. Sus manos eran más suaves, sus labios más húmedos y su cuerpo más robusto. De vez en cuando dejaba de besarle para abrir los ojos y contemplar su belleza. – Le quiero. – Pensé. – ¿Cómo le puedo querer sin conocerle? – Pero cuando me abrazó me di cuenta de que le conocía mejor a él que a mí misma. Y que no querría soltarle nunca.

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